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Como si se tratara de una magnífica metáfora de su vida, Joselito nos
cuenta episodios que se adivinan calcados de sus vivencias personales y artísticas. Avatares que como un karma ineludible deberá soportar con estoicismo y resignación. El premio…la fama y mucho
dinero pero también el reencuentro con su madre. Para conseguirlo, abandona el hogar que lo había adoptado y sale a recorrer los pueblos, acogido con cariño por un grupo de trashumantes
titiriteros. Pero antes de partir, aislado en aquel granero y con la sola pero apreciada compañía de su gato, nos regalaría la bellísima canción Pueblecito de estrellas. Triste; pero plena de magia y con pinceladas que nos traen nostálgicas reminiscencias de
El Principito de Saint-Exupéry.
Arrebatado por un empresario de teatro el pequeño se aviene a la vorágine que le impone la popularidad y los compromisos derivados de ella. Se le presentarán, entonces, múltiples oportunidades, en el transcurso de la película, de exhibir ¡cuándo no! su habilidad y talento musical. Las cosas irán pintando mejor para él. Se reencontrará con su amiguita, objeto de sus lamentos en Colorín de la niña bonita y hará lo propio con su madre a quien dedicará aquel simpático final con Violín Gitano.
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